Migrar es un derecho humano

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El territorio del mundo se ha dividido geopolíticamente desde el inicio de las sociedades identitarias, con ello las organizaciones de países desarrollados han incrementado, con el paso del tiempo, las llamadas medidas migratorias. Pero, ¿cómo se crean dichas medidas? ¿bajo qué parámetros? Y más importante aún, ¿se consideran los derechos humanos en ellas?


La historia del ser humano se ha desarrollado a través de las migraciones, tanto su supervivencia como su evolución han dependido de su movimiento. La teoría de Darwin lo afirma con los animales, que para preservar su especie han tenido que trasladarse, muchas veces desde un extremo del mundo a otro.

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México ha sufrido por siglos la problemática de su frontera norte con Estados Unidos, donde no sólo los paisanos mexicanos emprenden la peligrosa misión de una nueva oportunidad, con ellos miles de migrantes centroamericanos e incluso africanos deciden arriesgarse en busca de una vida digna, fuera del territorio marginado del que proceden.


El 6 de febrero se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de la Frontera, y en nuestro país la situación de los migrantes lleva décadas en alerta roja. Basta con ver las noticias del mes pasado, donde fueron hallados 19 cadáveres dentro de dos autos calcinados en una zona deshabitada de Tamaulipas, frontera con Estados Unidos.

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Federal Bureau of Investigation, Public domain, via Wikimedia Commons

El crimen organizado de los cárteles mexicanos ha puesto en mayor riesgo la posición de los migrantes, quienes además de pagar sumas extraordinarias de dinero a los coyotes, se ven ultrajados, violentados, secuestrados y en el peor de los casos asesinados o desaparecidos.


En una zona aplastada por la violencia del narcotráfico, como lo es Tamaulipas y Nuevo León, desde 2010 la guerra contra el narco ha dejado más de 15 mil desaparecidos y miles de muertes. El año pasado se registraron 571 homicidios en Tamaulipas, según cifras oficiales, de las que sabemos, la mayoría difieren de los números reales que evidencian una verdadera guerra en el norte del país.


El expresidente de Estados Unidos Donald Trump emprendió una campaña xenófoba cargada de violencia contra los migrantes latinoamericanos, especialmente los mexicanos, a quienes incluso llamó “violadores”. Con él, y no es ninguna sorpresa, millones de estadounidenses racistas confirmaron su identidad “americana” a través del odio hacia el migrante, fundado en premisas ridículas como la invasión a su territorio, el abuso de su economía y propiciar el crimen.


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Sólo hace falta leer un poco las estadísticas sobre la información de los migrantes, quienes provienen de territorios paupérrimos lastimados por la violencia, trabajadores rezagados en sus propios países, incapacitados para recibir educación, salud y medios básicos para sobrevivir. La pregunta es ¿son acaso estos migrantes un peligro para Estados Unidos? 

¿Cuántos de ellos, desde hace siglos, no representan la mayor mano de obra de este país?


Hoy más que nunca, ante una política migratoria tan despiadada y violenta como la que profesa Estados Unidos y Europa, debemos expandir nuestras reflexiones más allá del migrante, hacia los países de los que provienen, los países a los que quieren ingresar, su situación política, económica, social y hacerlos responsables y partícipes de esta situación.

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Tenemos que abrir el panorama del migrante para exigir leyes que los consideren, protejan y acompañen de este y el otro lado de la frontera. Demandar derechos humanos en cada punto del camino físico y legal de cada uno de ellos, proclamar nuestra pertenencia a esta tierra primero como seres humanos y posteriormente como ciudadanos.


Los viajes que nuestros antepasados emprendieron para forjar su comunidad y su vida fueron una necesidad física, territorial, espiritual y, más importante aún, humana. Ya fueran viajes dentro de un país, de continente a continente o de frontera en frontera, los hombres y mujeres del mundo han aprendido a sobrevivir por medio de la travesía, un instinto nómada que conservamos y que debemos proteger porque finalmente, así también preservamos la vida.

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